- Hijo, sólo el amor cambia vidas; puede impulsar al peor de los hombres a ser más grande, más noble, más honesto… ¿Alguna vez te platiqué la historia que escribió mi padre sobre un joven encarcelado injustamente?

- Creo que sí. Ya no me acuerdo bien.

- Era un buen muchacho que fue metido a una cárcel subterránea oscura, sucia, llena de personas enfermas y desalentadas. Se llenó de amargura y deseos de venganza. Cuando el odio lo estaba corrompiendo, la hija del rey, llamada Sheccid, visitó la prisión. El joven quedó impresionado por la belleza de esa mujer. La princesa, por su parte, se conmovió tanto por las infrahumanas condiciones de la cárcel que suplicó a su padre que sacara a esos hombres de ahí y les diera una vida más digna. El rey lo hizo, y el prisionero se enamoró perdidamente de la princesa. Entonces, motivado por el deseo de conquistarla, escapó de la cárcel y puso en marcha un plan extraordinario para superarse y acercarse a ella. Con el tiempo llegó a ser uno de los hombres más ricos e importantes del reino.

- ¿Y al final la conquistó a la princesa?

- No. Sheccid fue sólo su inspiración. Un aliciente que lo hizo despertar.

Los Ojos de Mi Princesa.